Transcurrida una semana desde el día en que los tres ancianos decidieron expulsarme, estaba de nuevo frente a un “comité”, pero está vez no eran tres, sino seis ancianos. Así que estaban presentes dos superintendentes de circuito, el superintendente de distrito y tres ancianos (que eran superintendentes presidentes en sus congregaciones).
Tres días antes había enviado con mis padres una carta de apelación a los ancianos. Mis padres, Testigos de Jehová por muchos años, estaban muy tristes de pensar que en pocos días se anunciaría mi nombre desde la plataforma y todo el mundo pensaría que yo era un pecador impenitente. Redacté entonces mi carta de apelación que me permito transcribir ahora:
Carta de apelación, publicada en este mismo sitio
Bien, se reunió el “comité de apelación”, me dijeron que esperara en el pasillo y allí estuve durante una hora y media. Cuando me llamaron a entrar, había seis ancianos como ya mencioné, todos seis tenían en sus manos fotocopias de mis cartas en las que se veían las marcas de los resaltadores de colores fuertes que usaron para subrayarlas. El que presidió este comité fue un superintendente de circuito con 30 años de experiencia, pero este sí me habló con más amabilidad, llamándome “hermano”. Tras unos 15 minutos, este hombre pidió a los tres ancianos del comité original que salieran. Me dijo calmadamente que estaba allí para verificar que no se hubiera cometido alguna injusticia. Me preguntó que si me habían advertido la semana anterior que la reunión era un comité judicial, y le dije que en ningún momento se dijo eso, el Superintendente de distrito dijo que era “sólo una reunión para aclarar algunos asuntos”. Todo lo que yo decía lo apuntaban cuidadosamente los otros dos ancianos. Básicamente la conversación con ellos fue la lectura de la pregunta de los lectores de La Atalaya del 1 de abril de 1986 páginas 30 y 31 que el ste. de circuito me hizo leer en voz alta. Luego me preguntaron:
- ¿Quiere usted ser Testigo de Jehová?, a lo que contesté:
- Bueno, nunca he dicho que no quiero, y (pensando en mis padres que no querían verme expulsado) además yo acepto el conjunto de enseñanzas de los Testigos, (por dentro pensaba en 1914, los 144.000, etc.) pero en el tema de la sangre no le puedo dar la razón al Cuerpo gobernante.
Este hermano fue más humano que su jefe el Super. de distrito, me dejaba hablar sin interrumpirme y contestaba mis preguntas sinceras. Este me permitió explicar ciertas cosas de la sangre que ellos no podían explicar, pero el objetivo de ellos no era discutir la doctrina de la sangre, sino verificar si el procedimiento del comité judicial original fue regular. Por ejemplo, recuerdo que les dije:
-Piense en la prohibición de donar sangre o de aceptar sangre que alguien donó, la Sociedad se basa para esto en Levítico, donde dice que hay que derramar la sangre en el suelo, pero allí la Ley habla del sacrificio de animales en el templo o para consumo humano, no está hablando en un contexto médico, cuando hay vidas en juego. Él aceptó que eso era cierto.
Después me enteré de que este Superintendente de circuito es una persona que ha tenido más educación que muchos de sus colegas y que sabe muchas cosas de la organización, pero guarda silencio para evitar problemas con la Sociedad, pues pondría en peligro su trabajo y modo de vida (carro, apartamento pagado por las contribuciones de los Testigos, etc.)
Tras casi tres horas fue invitado a entrar el comité original y a mí me mandaron a esperar afuera. (Los comités judiciales de los Testigos parecen el sistema judicial de un país totalitario, no el de una religión cristiana. Ya entendía por qué lo primero que me preguntaron era si había traído una grabadora, pues no pueden quedar pruebas de este procedimiento vergonzoso). Me dijeron que el comité quedaba abierto hasta el próximo lunes, cuando se cerraría el caso. Sobra decir que fueron días muy duros para mí, estaba en la universidad en clase y no dejaba de pensar en este problema. Alguien que me ayudó mucho fue un psicólogo, gran amigo mío, que fue publicador no bautizado hace años. Estas audiencias judiciales me afectaron profundamente, y no sé si los ancianos y superintendentes viajantes son conscientes del daño psicológico que le causan a sus víctimas.
El lunes siguiente se convocó una reunión de los seis ancianos (tres de ellos superintendentes viajantes) que trataban mi caso, a las 6 de la tarde. Un anciano de una congregación vecina, amigo mío, al que hice un comentario de mi renuncia un día que fue al Salón del Reino, fue citado a rendir indagatoria a esta reunión. Yo simplemente le dije a este amigo anciano que había renunciado a ser siervo ministerial porque no compartía cierta enseñanza, pero no le di más detalles. Los ancianos le preguntaron si yo había tratado de “promover una secta” con mis comentarios. Él dijo que no, que yo sólo tenía algunas dudas.
Una semana antes, también me habían preguntado si había hablado del tema de la sangre con otro anciano de una congregación vecina. Nunca lo había hecho, les dije que sólo le había saludado en algunas ocasiones, pero no lo conocía más allá de eso. No me creyeron, también fue citado a rendir indagatoria al Comité judicial.
Mis padres también fueron citados. En especial les preguntaron si yo pretendía entablar acciones legales, como una tutela o una demanda contra la Sociedad. Ellos dijeron que no. Luego me dí cuenta que este era el punto central de la discusión: La Sociedad tiene mucho que perder ante el sistema judicial de cualquier país democrático, pues sus procedimientos “judiciales” son una clara violación a los derechos humanos. Además, expulsar a alguien porque no comparte una doctrina suicida, como la de la sangre, va en contravía a la libertad de expresión y de conciencia.
Cuando mis padres salieron del Comité, los ancianos siguieron deliberando. Recuerdo que a veces salían estos ancianos al baño o a ir a tomar un café, mientras yo esperaba en un frío pasillo, y pasaban a mi lado sin siquiera mirarme. Si su intención era hacerme sentir mal, créame que lo lograron. Me hacían sentir culpable, cuando eran ellos los verdugos y yo la víctima. En esas horas pasaban muchos hermanos y se quedaban mirándome, pues sabían que estaba allí esperando el veredicto de algún comité judicial. Tres horas después, a las 10 de la noche, me mandaron entrar. Me dijo un Superintendente de Circuito: “El comité queda abierto por tiempo indefinido. Al debido tiempo nos comunicamos con usted y le notificamos la decisión final. Me fui muy aburrido a casa, pues no veía la hora de que se acabara esta tortura.
El 26 de marzo de 2000, por fin me llamaron a decirme que fuera ese día al Salón del Reino a las 5 de la tarde. Llegué a las 4 y 30 y escuché el discurso final del Sup. de circuito que me quería expulsar. A las 5 me reuní con los seis ancianos. Estaban muy sonrientes y amigables hoy, en marcado contraste con su cara de unas 3 semanas atrás. Me dijeron que a mí no se me expulsaba. Que si tenía alguna duda, sobre la sangre u otro tema, no dudara en contactar a cualquiera de ellos. Pero que si se enteraban que le estaba contando sobre la sangre a otros hermanos, me expulsaban. El Superintendente de Distrito fue muy reiterativo en esto: “Esperamos que esta amenaza de expulsión le haya servido para saber que es muy grave hablar de la organización de Jehová. Si le cuenta de esto a otros, lo expulsamos.”
Me paré para salir en silencio, pero me ofrecieron su mano muy “amorosamente”, y su cara daba a entender que efectivamente estos hombres creen que están rindiendo un servicio, y no son conscientes del daño que le hacen a la gente. Para mí fue, y es, un trauma muy grande estos Comités Judiciales. Sinceramente no le deseo esto a nadie.
Le agradezco que usted haya leído este relato. Esta página me ha servido mucho para desahogarme. Creo que debemos seguir luchando, con los mecanismos adecuados, para que esta absurda doctrina de la sangre deje de cobrar más víctimas inocentes. En especial las vidas de menores. La Corte Constitucional de Colombia, por ejemplo, en resolución T-411 del 19 de septiembre de 1994, dice que los menores no pueden decidir por sí mismos en asuntos como rechazar una transfusión de sangre, que a juicio del profesional de la salud, sea necesaria para salvar la vida del paciente.
Oremos a Dios que más personas conozcan la verdad sobre esto. Repito que mi deseo no es abogar por la aplicación indiscriminada de transfusiones de sangre, sino crear conciencia entre los Testigos de Jehová, que la decisión de aceptar o rechazar una transfusión depende, no de la Watchtower, sino que es parte de la libertad cristiana que los Testigos han cedido a una empresa multinacional y multimillonaria de Brooklyn, Nueva York.
Los últimos giros de esta controversia nos muestran que la Sociedad quiere librarse de responsabilidad legal. Son los abogados, y no el Cuerpo Gobernante, quienes dirigen las riendas de la Watchtower. Son muchos los intereses económicos en juego. La Sociedad teme perder sus amados dólares en demandas que instauren los mismos Testigos que han perdido a seres queridos en obediencia a este mandato de hombres.
Avisemos a medios de comunicación, funcionarios del gobierno local y nacional, a defensores de derechos humanos, a la Corte Constitucional, de las contradicciones envueltas en la doctrina de la sangre. Son vidas valiosas que están en juego. Nuestros niños no merecen morir por culpa de la hipocresía de los directores de la Sociedad Watchtower, que a esta hora están en sus lujosos automóviles, o disfrutan de un asado en el Centro Recreativo de Patterson, Nueva York, mientras en algún lugar del mundo un Testigo de Jehová se desangra en un hospital.
Rompamos la indiferencia.
Sus comentarios son bienvenidos. Escríbame a: pco1973@starmedia.com
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