Hemos de mantener siempre claro lo que es el núcleo de la enseñanza bíblica, aquello que otorga identidad y da vida al cristianismo. De otra manera corremos el riesgo de perdernos por vericuetos secundarios, dejar que “los árboles nos impidan ver el bosque” al enfocar en exceso la atención en cuestiones que, no obstante su importancia, son menos esenciales y pueden conducirnos a actitudes vanas y a esfuerzos estériles. Con ser meritorios, aspectos relacionados con el grado de conocimiento, entendimiento, etc., éstos deben tener su justa voloración y nunca pueden sobrepasar lo que es primordial para la vida cristiana: el amor, ayuda y consideración hacia los demás como criaturas de Dios. En ello encuentra su justificación toda la praxis cristiana. Al respecto, las conocidas palabras del apóstol Pablo, como compendio de la naturaleza misma del cristianismo viviente, son extraordinariamente esclarecedoras:
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