Hay personas que se plantean y deciden organizar su vida o una parte de ella en torno a tareas altruistas, humanitarias, en beneficio directo de sus semejantes. El hecho de que estas personas, por lo general, estén adscritos a alguna organización o institución no supone que su labor sea en beneficio de la misma. No debe serlo. Muy al contrario, una organización así se justifica en función del apoyo a una finalidad ajena a intereses propios. Cuando una actitud de esa naturaleza obedece a una fuerte convicción religiosa, en especial, si es el resultado de una llamada basada en el espíritu evangélico, nos encontramos con la práctica más abnegada de la fe.
En estos casos las personas tienen claro su compromiso para con el prójimo, ven al necesitado como hermano en tanto que humano, le prestan ayuda espiritual y material sin condicionamientos basados en la garantía de una respuesta favorable a la institución religiosa o a la religión concreta que se profese. Eso no obstante, otros muchos, la inmensa mayoría de cuantos profesan una fe viva hacen algo parecido de una manera más discreta, viven y ejercen su influencia cristiana en su entorno más inmediato. De una u otra manera hacen de su vida una dedicación a Dios sin necesidad de una formalidad explícita a manera de contrato al que hay que estar sujeto. En todo caso, difícilmente una persona dotada de un espíritu desinteresado de servicio y ayuda a su semejante, más aún si mantiene un estrecho apego al contenido bíblico, podría quedarse en un corsé semejante a lo que se detalla en el párrafo siguiente y considerarlo como la práctica genuina del cristianismo:
Como cristianos dedicados y bautizados, los testigos de Jehová hemos aceptado voluntariamente la responsabilidad de servir a Dios, sin importar cuáles sean nuestras circunstancias personales. Algunos podemos servir de tiempo completo como misioneros o voluntarios en sucursales y en instalaciones donde se imprimen publicaciones cristianas. Otros servimos de buena gana en la construcción de edificios religiosos, en la predicación de tiempo completo como ministros precursores o como publicadores de las buenas nuevas en las congregaciones locales. La Atalaya del 15 de agosto de 1994, página 16.
Y es que resulta difícil concebir que un creyente llegue a pensar que sus exigencias como cristiano bautizado tengan mucho que ver con lo que se alista en esas líneas. Sobre todo cuando se advierte que ello se centra exclusivamente en el trabajo al servicio de una organización, sin trascendencia alguna fuera de la misma, y tiene muy poco que ver con lo que es el auténtico trabajo misionero y de servicio a otros. En realidad, cualquiera que no haya estado previamente sometido a todo lo que representan las actividades descritas y el sentido que la organización Wacht Tower da a las mismas, quedaría sorprendido al comprobar cómo dichas actividades son las que más se valoran en la organización, constituyéndose algunas de ellas en la mayor aspiración que se pone ante los jóvenes testigos. De hecho, esas actividades están alistadas en un orden, de la mayor a la menor consideración que les es atribuida. Aunque la letra habla de “la responsabilidad de servir a Dios”, poniendo como base de compromiso el estar “dedicados y bautizados”, el párrafo anterior no hace otra cosa que advertir a los testigos de la responsabilidad que han adquirido de servir a la Sociedad Watch Tower y permanecer a disposición de la misma en todo cuanto organiza y determina y que, como digo, no va más allá de sí misma, lo que produce y distribuye.
La expresión “cristianos dedicados y bautizados” aparece con bastante frecuencia en la literatura de la Sociedad. Por supuesto, ni una sola vez en la Biblia. El párrafo que comentamos da una idea de lo que envuelve lo que los Testigos de Jehová consideran “dedicación” y, si se me apura, también lo que les exige el bautismo en esa organización. La dedicación es algo carente de apoyo bíblico que la Sociedad Watch Tower ha introducido como una especie de requisito para llegar a ser cristiano. En el acto o ceremonia del bautismo que se lleva a cabo entre los testigos de Jehová, los aspirantes al mismo son sometidos a dos preguntas que, en su redacción actual, se revela una argucia para, sutilmente, enredar a la persona a fin de que en adelante asuma una clara dependencia de la organización. La Atalaya del 1 de junio de 1985, página 30, recoge tales preguntas. Bajo el subtema Nuestra sumisión a Jehová mediante la dedicación se dice lo siguiente:
Al concluir el discurso respecto al bautismo, los candidatos que han de bautizarse estarán en condiciones de contestar con profundo entendimiento y aprecio sincero dos preguntas sencillas que sirven para confirmar que ellos reconocen todo lo que implica seguir el ejemplo de Cristo.
La primera pregunta es:
Sobre la base del sacrificio de Jesucristo, ¿se ha arrepentido usted de sus pecados y se ha dedicado a Jehová para hacer la voluntad de él?
La segunda es:
¿Comprende usted que su dedicación y bautismo lo identifican como testigo de Jehová asociado con la organización que Dios dirige mediante Su espíritu?
Al contestar “Sí” a estas preguntas, los candidatos manifiestan que tienen una condición de corazón correcta y están listos para el bautismo cristiano.
Como no podía ser menos, Jesucristo, Jehová y su espíritu aparecen en el enunciado de las preguntas. Pero la presencia de los términos “dedicación” y “organización” no es por casualidad y pervierte la genuina relación del cristiano con Dios. En el fondo la “dedicación a Jehová” se convierte en “dedicación a la organización” y “la voluntad de él” (Jehová) la determina también la organización.
La Atalaya del 1 de febrero de 2001 contiene un tema de estudio que se consideró la semana del 12 al 18 de marzo de ese año: ¿Cumplimos con nuestra dedicación? Con sólo dar atención a unos párrafos nos daremos cuenta qué representa todo ello y qué es lo que se pretende que quede grabado en la mente de todo testigo de Jehová:
Los cristianos dedicados tenemos la enorme responsabilidad de cumplir con nuestra dedicación y de ser fieles hasta el fin… La decisión no fue fruto de un capricho emocional, sino que utilizamos la facultad de raciocinio para evaluar cuidadosamente y con oración lo que íbamos a hacer; por lo tanto, no era transitoria. La Atalaya del 1 de febrero de 2001, página 14, párrafos 3, 4.
¿Poseen menos valor a los ojos de Jehová las relativamente pocas horas al mes que dedican estos padres al ministerio, comparadas con las muchas que dedica un siervo de tiempo completo? La Atalaya del 1 de febrero de 2001, página 16, párrafo 10.
No es necesario que nos comparemos con otros cristianos respecto al tiempo que dedicamos al servicio a Dios, las publicaciones bíblicas que distribuimos o la cantidad de estudios bíblicos que dirigimos (Gálatas 6: 3, 4) … ¿Cuántas veces podemos afirmar que hemos hecho “todas las cosas que se nos han asignado? La Atalaya del 1 de febrero de 2001, página 17, párrafo 12.
El “tono” de algunas de esas frases y el “contenido” de otras es lo que nos lleva a entender lo que en realidad representa la “dedicación” entre los Testigos de Jehová. Detrás de un lenguaje que envuelve “cumplir” inexcusablemente con todo lo que entraña esa supuesta “dedicación” a Dios, siempre subyace la idea de “dedicación” a la propia organización con la que necesariamente se topa el testigo, quedando atrapado entre un sin fin de exigencias humanas ajenas por completo al espíritu del evangelio, las buenas nuevas en libertad plena. El mensaje que queda en la mente del testigo, lo que inevitablemente asocia a las exigencias de su “dedicación” no es otra cosa que su participación en la actividad que le pone por delante la Sociedad Watch Tower y de la que periódicamente ha de rendir cuentas.
Al final, todo se reduce a las horas “dedicadas” al reparto de literatura entre la gente. Es de destacar cómo se confunde a las personas cuando se habla de “tiempo que dedicamos al servicio de Dios”, como si ese tiempo fuera únicamente el empleado en las actividades programadas por la organización. A tal grado eso es así, que suele cundir la frustración debido a que muchos sienten que no llegan a “la meta”, o cupo de horas que imaginan deben dedicar cada mes en distribuir la literatura de la Sociedad Watch Tower entre sus vecinos. Incluso pueden creer que la “meta” que llegan a proponerse es mezquina, que en su caso pudiera ser un mero “servicio de muestra”. Otros tranquilizan su conciencia por el mero hecho de dedicar un buen número de horas a recorrer las calles del vecindario ofreciendo alguna revista de vez en cuando a los transeuntes. Fundamentalmente, eso es todo cuanto les exige su “cristianismo” junto a no perderse reunión alguna durante la semana y hacer comentarios en las mismas.
En la práctica, se pasa por alto lo realmente importante, el hecho de que el cristiano dedica las 24 horas del día a Dios, aunque, en un momento dado, esté dando atención a la familia, visitando a algún enfermo, ayudando a alguien con problemas, comiendo, durmiendo o practicando deporte.
Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.
1 Corintios 10: 31.
Todo forma parte de la vida cristiana. La vida del cristiano representa una entrega voluntaria al servicio a Dios, procedente del corazón, sin que intervenga ningún acto interno o externo de “dedicación” por el cual algún humano pueda pedirle responsabilidades concretas. Menos aún, si se le recuerda que ello implica un compromiso con una organización y que deba rendir un informe ignominioso, humillante e hipócrita en el que se lleva la “contabilidad” de cuanto hace. Informe que se utiliza para “medir” la espiritualidad de cada testigo. Paso a paso, vez tras vez, recordatorio tras recordatorio, los Testigos de Jehová son sometidos a esa visión de dependencia y compromiso con la Sociedad, independientemente del ropaje bíblico en el que se quiera envolver:
De modo que tomar el yugo de Jesús significa hacernos sus discípulos. (Filipenses 4:3.) Sin embargo, esto exige más que solo conocer sus enseñanzas. Requiere que obremos en armonía con ellas, que hagamos la obra que él hizo y vivamos como él vivió. (1 Corintios 11:1; 1 Pedro 2:21.) Exige que nos sometamos de buena gana a su autoridad y a las personas en quienes él delega autoridad. (Efesios 5:21; Hebreos 13:17.) Significa ser cristianos dedicados y bautizados que aceptan todos los privilegios y responsabilidades que vienen con esa dedicación. Este es el yugo que Jesús ofrece a todos los que van a él en busca de consuelo y refrigerio. ¿Está usted dispuesto a aceptarlo? (Juan 8:31, 32.) La Atalaya del 15 de agosto de 1995, página 18.
De ninguna manera los privilegios y las responsabilidades cristianas están ligados a acto alguno de “dedicación”. Contrariamente a lo que se afirma en esas palabras, ese no es el “yugo suave” que propuso Jesús a sus seguidores sin que mediara “dedicación” alguna como pretexto para ejercer coacción sobre ellos:
Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.
Mateo 11: 28-30.
No hay “exigencias” de sometimiento a hombres que se han tomado autoridad y la ejercen a través de una organización que obliga a participar en un “no lucrativo” negocio. Es una llamada para el alivio de los agobiados por las observancias y el peso de las exigencias legalistas. Jesús ofrece una carga ligera, algo que proporcione descanso al alma.
El bautismo que se describe en las Escrituras carece del requisito previo de una “dedicación”. No existen preguntas, redactadas por hombres para “interpretar” todo lo que conlleva dicho acto, a lo que la persona “se compromete” y por lo que una organización pueda pedirle cuentas. De Cornelio, por ejemplo, se dice que era un hombre “piadoso y temeroso de Dios, como toda su familia, daba muchas limosnas al pueblo y continuamente oraba a Dios”. Hechos 10: 1. No se le exigió que abandonara su puesto de centurión de la cohorte Itálica. Una vez establecido el encuentro con Pedro, éste relató brevemente a los reunidos lo esencial de la vida de Jesucristo. Hechos 10: 34-43. Fue suficiente que entendieran aquello y lo aceptaran para que aquellas personas recibieran el Espíritu Santo. No había razón alguna para negarles el bautismo “en el nombre de Jesucristo”. Hechos 10: 48.
El enfoque es diametralmente opuesto al que ofrece la Sociedad Watch Tower. Lo que hacía Cornelio era consecuencia de una condición de corazón, era la actitud de una personalidad espiritual, educada en los principios piadosos y libre para aportar de sus recursos en beneficio de otros. En cambio, una vez desbrozados los párrafos de La Atalaya que hemos examinado y reduciendo todo ello a sus consecuencias prácticas, nos encontramos con esto: voluntarios (publicadores de congregación y ministros precursores) para repartir la literatura que producen otros voluntarios (en las sucursales) e inspectores para supervisar que ese trabajo funcione (superintendentes y misioneros). Supone, además trabajo y dinero para los edificios dedicados a fábrica y a reuniones religiosas. Un programa en el que todo funciona en beneficio de la propia organización. Nada de tiempo o recursos para personas indefensas: ancianos, huérfanos, enfermos… necesitados de todo tipo que, a la postre, es lo que exige el amor del cristiano profeso y de lo que se pedirá cuentas el día del Juicio (Mateo 25: 31-46).
Si lo analizamos bien, en la exposición de lo que supuestamente conlleva el estar “dedicado a Jehová” está inevitablemente presente el espíritu del Viejo Testamento. No podía ser de otra manera, ya que la propia naturaleza de la organización religiosa patrocinada por la Sociedad Watch Tower es esencialmente legalista, vetero-testamentaria, esclavizadora. En el Nuevo Testamento, sin embargo, una idea como la de la “dedicación” exigente y administrada por una organización religiosa no existe. Es por completo ajena al propio carácter de “cristiano”, persona que abraza la fe en Jesucristo, es bautizada en agua y pasa a formar parte del cuerpo de Cristo, la iglesia universal, el conjunto de todos los santos que conforman el templo de Dios, quienes han pasado (mediante el sacrificio de Jesucristo) de muerte a vida, quienes son reconocidos como hijos de Dios, mediante un nacimiento, no según la carne, sino de naturaleza espiritual, no sometidos a cargas. Las obligaciones cristianas, que las hay, son de otra índole y se les da atención de una manera más acorde con la libertad de los hijos de Dios para la cual Jesucristo nos compró mediante su sangre y en donde subyace como fundamento el carácter gratuito de la obtención de la vida eterna. En el cumplimiento con esas obligaciones interviene la propia disposición, la condición y las circunstancias de cada uno. Es la correspondencia libre al amor manifestado por Dios y su Hijo, conforme a lo que cada uno ha recibido y de aquello (habilidad, tiempo y recursos) de lo que dispone sin que organización alguna le fuerce a actividades para las que no tiene capacidad. Efesios 4: 7; 11-13.
31 de marzo de 2002
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