Hay personas que se plantean y deciden organizar su vida o una parte de ella en torno a tareas altruistas, humanitarias, en beneficio directo de sus semejantes. El hecho de que estas personas, por lo general, estén adscritos a alguna organización o institución no supone que su labor sea en beneficio de la misma. No debe serlo. Muy al contrario, una organización así se justifica en función del apoyo a una finalidad ajena a intereses propios. Cuando una actitud de esa naturaleza obedece a una fuerte convicción religiosa, en especial, si es el resultado de una llamada basada en el espíritu evangélico, nos encontramos con la práctica más abnegada de la fe.
En estos casos las personas tienen claro su compromiso para con el prójimo, ven al necesitado como hermano en tanto que humano, le prestan ayuda espiritual y material sin condicionamientos basados en la garantía de una respuesta favorable a la institución religiosa o a la religión concreta que se profese. Eso no obstante, otros muchos, la inmensa mayoría de cuantos profesan una fe viva hacen algo parecido de una manera más discreta, viven y ejercen su influencia cristiana en su entorno más inmediato. De una u otra manera hacen de su vida una dedicación a Dios sin necesidad de una formalidad explícita a manera de contrato al que hay que estar sujeto. En todo caso, difícilmente una persona dotada de un espíritu desinteresado de servicio y ayuda a su semejante, más aún si mantiene un estrecho apego al contenido bíblico, podría quedarse en un corsé semejante a lo que se detalla en el párrafo siguiente y considerarlo como la práctica genuina del cristianismo:
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