Necesariamente para dar respuesta a esta pregunta se ha de tener en cuenta aquello a lo que el factor tiempo está asociado en cada caso concreto. En valores absolutos nos estamos refiriendo a cantidades diferentes de tiempo cuando hablamos de recorrer en “poco tiempo” una distancia de 5oo metros a pie que cuando decimos que una planta ha crecido en “poco tiempo”. En uno y otro caso podemos hablar de “poco tiempo” utilizando un criterio de relatividad. Por eso, aunque tardásemos 3 minutos en el primer caso y habláramos de varios días en el segundo, disponemos de unos elementos objetivos de valoración que nos permiten decir que el tiempo transcurrido ha sido “poco tiempo” en ambos casos. Dichos elementos objetivos de valoración son los que nos permiten determinar si el tiempo ha sido mucho o poco en cada caso. Intentaré valerme en mi argumentación de lo que considero como elementos objetivos de valoración para nuestro tema, es decir, declaraciones vertidas que anuncian unos sucesos en los que se verá involucrada directamente la vida de las personas, y tiempo real transcurrido en la vida de esas personas sin que se hayan presentado tales acontecimientos, contradiciendo así esas mismas declaraciones.
Justamente se cumplían veinte años desde el estruendoso (y jamás reconocido en la medida que sería de justicia) fracaso de las expectativas creadas en torno al año 1.975. Durante ese período han ido amainando además otras peroratas en favor de enseñanzas, otrora ardorosamente defendidas, y ahora escasamente referenciadas. Es el caso de las especulaciones sobre el desenvolvimiento de las hostilidades entre el Rey del Norte y el Rey del Sur, con un resultado hasta ahora, absolutamente opuesto a lo preconizado por la Sociedad.
Desde mi juventud, había sostenido que el aumento de los terremotos eran por la precisión de los instrumentos usados que detectan “la caída de una hoja en otro continente” y por el aumento de la población que se extiende por todo el globo, incluyendo las peligrosas fallas tectónicas. Si hay más muertos es porque ahora hay rascacielos. Fijense, que en las desaparecidas Torres Gemelas había cabida para más 90000 personas. Si hay un terremoto en Manhattan con la cantidad de rascacielos que hay, el desastre humano y económico sería brutal en comparación con un terremoto de la misma intensidad en un pueblo de 3000 habitantes.
Es más que notorio que el punto central en los pensamientos y anhelos en el colectivo de los testigos de Jehová se ha circunscrito a una espera de la realización inmediata del propósito de Dios. Desde la Watch Tower se han emitido unas “señales” que han sido la base para una serie de cálculos oficiales y consideraciones individuales con influencia directa en el comportamiento de las personas.
Han sido arrastrados a sentir la sensación de la proximidad del fin de este “sistema de cosas” en menos tiempo del que ya ha pasado y han sido fuertemente estimulados a participar en una obra “urgente” de juicio escenificado a través de las visitas a las personas allá donde éstas se encontraran. A todos ellos se les ha hecho palpar la entrada en el Paraíso. Hasta tal grado la vida de los testigos ha estado impregnada por esa visión del tiempo y los acontecimientos de todo tipo, tal como puntualmente iban siendo interpretados desde las páginas de los “atalayas” de Brooklyn, que ha absorbido muchas energías y ha discriminado el resto de cosas como algo secundario, prácticamente superfluo, en la vida cotidiana de una buena parte de esas personas.
Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Mateo 24: 36 (BJ).

Estas palabras de la Biblia deberían bastar para que nadie se entretuviera en hacer apuestas y cábalas de ningún tipo sobre ese asunto, al menos de una forma continuada y obsesiva. La voluntad de Dios en cuanto a información sobre el instante de ese acontecimiento queda francamente fuera del alcance de todo intento especulativo. Eso permite además que el cristiano acepte sus responsabilidades y se mantenga vigilante sobre su vida en todo tiempo por amor a Dios y a Jesucristo, independiente de la cercanía o lejanía del fin. En ese sentido, la vida de un cristiano del siglo primero, del sexto, del decimocuarto o la del que viva cinco minutos antes de Armagedón no ha de diferenciarse absolutamente en nada. Eso también quiere decir que utilizar como señuelo para conseguir adeptos la supuesta inminencia del fin está fuera de lugar en la praxis cristiana.

