Un día, al volver a casa, me encuentro a la puerta de la casa con tres o cuatro seminaristas de pie con dos jóvenes con su cartera ritual y pienso: parecen testigos de Jehová. Me acerco, los saludo y ¿qué tal? Les digo. Aquí estamos comentando la Palabra de Dios, me responden. Dirigiéndome a los dos les pregunto ¿sois católicos? No, somos testigos de Jehová. Nos saludamos muy cordialmente y seguimos hablando.

